Relaciones que desgastan: cómo…

Autor del artículo: Lic. Daiana Seijo

Relaciones que desgastan: cómo reconocer dinámicas vinculares dañinas

Hay relaciones que no se rompen de un día para el otro. Se van desgastando. De a poco. Casi sin que nos demos cuenta. No necesariamente hay violencia explícita ni grandes escenas. A veces lo que hay es algo más silencioso: angustia sostenida, sensación de insuficiencia, miedo constante a que el otro se vaya, dificultad para decir lo que molesta. Y con el tiempo, eso deja marca.
En la consulta escucho con frecuencia frases como: “Sé que no me hace bien, pero no puedo soltar”, “Siempre termino en el mismo tipo de vínculo”, “Siento que doy todo y nunca es suficiente”. Detrás de estas experiencias suele haber dinámicas vinculares que se repiten y que afectan directamente la autoestima y la estabilidad emocional.
Una de ellas es la dependencia emocional. No se trata de amar mucho, sino de sentir que sin el otro una pierde valor o estabilidad. La vida empieza a organizarse en función de la relación: el estado de ánimo depende de un mensaje, de un gesto, de una respuesta. Aparece el miedo intenso al abandono, la necesidad constante de confirmación y la tendencia a justificar conductas que generan malestar. La propia voz queda en segundo plano. Y lo que comienza como una forma de sostener el vínculo termina debilitando la identidad.
Otro eje central es la dificultad para poner límites. Decir “esto no me gusta” o “hasta acá” puede vivirse con culpa o temor a perder el amor del otro. Sin embargo, cuando los límites no están claros, el vínculo se vuelve desequilibrado. Se acumula enojo, frustración, tristeza. Y el cuerpo suele empezar a manifestarlo: insomnio, ansiedad, irritabilidad, agotamiento emocional.
También es frecuente la repetición de patrones. Cambian las personas, pero la historia se parece. Vínculos con parejas emocionalmente distantes, críticas o poco disponibles. Relaciones donde uno termina ocupando el lugar de quien sostiene, espera, rescata o intenta “arreglar” al otro. Estos patrones no son casuales ni responden a mala suerte. Suelen estar ligados a aprendizajes tempranos sobre el afecto, la validación y el valor personal. Lo que alguna vez fue una estrategia de adaptación puede convertirse en un esquema que se activa automáticamente en la vida adulta.
El trabajo terapéutico en estos casos no se centra únicamente en decidir si continuar o no una relación. El foco está en comprender qué sostiene esa dinámica. Se trabaja en fortalecer la autoestima, en cuestionar creencias arraigadas —como “si no me eligen es porque no valgo” o “tengo que hacer todo para que me quieran”— y en desarrollar recursos de regulación emocional que permitan tolerar la angustia sin actuar desde el miedo. Aprender a poner límites claros y respetuosos, es una forma de cuidado.
Una relación saludable no es perfecta ni está libre de conflictos, pero no debería implicar la pérdida de uno mismo. Cuando el vínculo empieza a afectar la tranquilidad, la confianza y la percepción de valor personal, es importante detenerse y revisar qué está ocurriendo.
Vincularse de manera diferente no es sencillo, pero es posible. Implica autoconocimiento, trabajo emocional y, muchas veces, revisar historias que llevan años repitiéndose. Pedir ayuda no es un signo de debilidad; es un acto de responsabilidad afectiva con uno mismo.

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