La obscenidad del reconocimiento…

Autor del artículo: Ps. Hernán Pannone

La obscenidad del reconocimiento de clase: Marx y Freud.

La pregunta por el reconocimiento de clase ya es, en sí misma, ideológica. Supone que existiría un sujeto capaz de mirarse a sí mismo, identificarse y decir: “pertenezco a tal clase”, como si la clase fuera una identidad disponible y el sujeto un punto de transparencia. Marx y Freud, leídos sin anestesia, hacen imposible esa escena.

En Marx, la clase no es una vivencia ni una identidad, sino una función estructural. No hay nada que reconocer porque la clase no se presenta como experiencia inmediata: se manifiesta como coacción, como necesidad, como repetición. El obrero no “es” obrero: es utilizado como tal. Pretender reconocerse en esa posición es ya un gesto imaginario que traduce una relación social en una identidad personal. La conciencia de clase no es autoconocimiento, es ruptura violenta con la forma ordinaria de vivir.

Freud vuelve obscena cualquier esperanza de reconocimiento. El sujeto no coincide consigo mismo, está agujereado por el inconsciente y sostenido por identificaciones que no controla. El yo no quiere saber de su determinación material; quiere sostener su ficción de consistencia. Reconocerse como explotado no fracasa porque sea doloroso, sino porque el sujeto está estructuralmente hecho para desconocer aquello que lo determina. El desconocimiento no es un error: es una condición de posibilidad del yo. La ideología capitalista no engaña al sujeto; le ofrece un modo de goce compatible con su división. No se trata de que el trabajador “crea” que no pertenece a una clase, sino de que obtiene satisfacción en no asumirla. El sueño del ascenso, del mérito o de la excepción no oculta la explotación: la vuelve tolerable, incluso deseable. Aquí Marx y Freud coinciden en su punto más cruel: el sujeto colabora activamente con la lógica que lo somete.

Hablar de reconocimiento de clase es, entonces, una mala pregunta. La clase no se reconoce porque no es una identidad, y el sujeto no se reconoce porque no hay un sí mismo pleno que hacerlo. Toda política que apueste al “tomar conciencia” presupone un sujeto que Marx desmantela y un yo que Freud ridiculiza. Lo único que existe no es reconocimiento, sino antagonismo: una fractura que no se integra, no se asume y no se supera.

La verdad incómoda es esta: no hay identificación de clase posible sin traición al propio deseo, y no hay deseo que no busque escapar de su propia determinación. El capitalismo no se sostiene porque los sujetos no sepan quiénes son, sino porque saben lo suficiente para seguir funcionando. Marx mostró que la explotación no necesita conciencia; Freud mostró que el sujeto tampoco.
¿El deseo siempre está del lado del orden existente?
Hay distinguir deseo de goce.
Se podría pensar que el capitalismo captura sobre todo el goce, no necesariamente el deseo.

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