Cuando saberlo no alcanza

Autor del artículo: Mirta Carballo

Hoy quiero hablar de algo que aparece muchísimo en la consulta. Mujeres que llegan diciendo: «Yo ya se lo que me pasa». Y muchas veces es cierto. Entendieron su historia, reconocieron patrones, pudieron ponerle palabras.
Pero aún así se siguen eligiendo último. Y eso genera mucha frustración. Hay una idea muy instalada de que cuando entendemos algo, podemos cambiarlo. Pero en los vínculos, entender no siempre alcanza. Porque muchas elecciones no se juegan solo en lo que pensamos, sino en lo que el cuerpo aprendió a hacer para sostener el vínculo.
Entonces no es falta de voluntad. A veces elegirse se siente riesgoso, incluso cuando sabemos que nos haría bien. Hoy vamos a profundizar en esa brecha: por qué, aunque tengas el mapa en la mano, a veces sientes que no puedes moverte del lugar donde estás.
El cuerpo guarda memorias vinculares. Aprende qué hacer para no perder, para no incomodar, para no quedarse sola. Por eso, aunque hoy puedas decir: «esto no me hace bien», el cuerpo puede seguir respondiendo como aprendió hace años.
Imagina una niña que aprendió que para ser amada debía ser útil, o invisible, o perfecta. Para esa niña, no hacer eso significaba el riesgo de ser rechazada o abandonada. Hoy, esa mujer adulta, intenta ponerse límites, pero cuando lo intenta, siente taquicardia, un nudo en la garganta o una culpa paralizante.
No es que sea débil. Es que su sistema nervioso está detectando un peligro. Para su biología, elegirse a sí misma se siente como lanzarse al vacío sin paracaídas. Su mente dice «estoy a salvo» pero su cuerpo grita «Peligro». Y en esa batalla, casi siempre gana el cuerpo.
A diario veo mujeres que se hacen cargo de toda la familia. Que están pendiente de todos, no quieren soltar el control porque sienten que, si ellas no lo hacen, el mundo se desmorona. Pero llega un punto donde esa disposición tan absoluta empieza a ser molesta para los demás.
Ahí aparece una gran herida: «Después de todo lo que hago, les molesta mi presencia». Pero miremos esto con lupa. Para esas mujeres el control es un sedante. Cuando ellas solucionan la vida del otro, su propia ansiedad baja. No es maldad, es que su bienestar depende del bienestar ajeno.
El problema es que, al hacerlo todo, les quitamos a los demás el derecho a ser adultos. Les enviamos un mensaje implícito: «Yo lo hago porque tú no puedes». Lo que ellas viven como amor, el otro lo vive como invasión o falta de aire. Y ahí aparece la autoexigencia y la postergación, no como defectos, sino como estrategias que alguna vez tuvieron sentido para mantener a todos unidos.
Entonces, ¿Cómo empezamos a caminar hacia la salida? Si entender no alcanza ¿Qué hacemos? El primer paso es dejar de usar lo que sabés para castigarte. Si ya sabés que te postergas no te digas: «¿Por qué soy tan tonta? Di mejor: «Mirá, ahí está mi miedo tratando de protegerme otra vez»
El cambio debe ser pequeño. Yo lo llamo «dosis mínima». Si intentas soltar todo hoy, tu cuerpo entrará en pánico. Esta semana no se trata de cambiar nada drástico. Solo observar en qué momentos sabes lo que te pasa, pero igual te eliges último.
Cuando sientas el impulso de correr a resolverle la vida a alguien, o de decir que sí cuando quieres decir no… detente un segundo. No cambies la respuesta todavía, solo siente: ¿Dónde está la tensión? ¿En el pecho? ¿En las manos? Quedate ahí un minuto. Solo registrá.
Tal vez esta semana no se trate de cambiar nada. Solo de observar. No para juzgarte, solo para empezar a registrar. Recuerda: tu valor no se mide por cuánto resuelves, sino por quién eres cuando no estás haciendo nada para nadie.
Soltar el control es, en última instancia, un acto de fe. Confiar en que los demás pueden y, sobre todo, confiar en que tú seguirás siendo digna de amor aunque no seas necesaria.
Espero que esta semana te permitas, aunque sea por unos instantes, ser tu propia prioridad.

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