Autor del artículo: Ps. Hernán Pannone
Las ferias de emprendedores se presentan como celebraciones de la creatividad. Bajo las luces, entre puestos de comida y cerveza artesanal, todo parece hablar de talento e iniciativa. Sin embargo, basta caminar unos metros para advertir que allí conviven situaciones muy distintas: quien vende porque perdió su trabajo comparte mesa con quien ofrece un hobby de fin de semana. Ambos reciben el mismo nombre tranquilizador: emprendedores. La palabra borra la diferencia.
Ese pequeño gesto lingüístico organiza toda una visión del mundo. Lo que antes aparecía como un problema colectivo —el trabajo, el salario, la protección social— se desplaza hacia la esfera individual. Cada uno debe inventarse su propio lugar en el mercado.
El ideal contemporáneo es el del sujeto que se gestiona a sí mismo como empresa, una figura que ya había descrito Michel Foucault y que luego popularizó Byung‑Chul Han: el individuo convertido en capital, responsable de producir su propia subsistencia.
En ese marco, la feria funciona como una pequeña pedagogía social. Un músico toca y pasa la gorra. Entre el público, el jefe de gobierno y su equipo sonríen. Nadie parece incómodo. La precariedad se vuelve una escena amable.
Es allí donde aparece lo que Pierre Bourdieu llamó violencia simbólica: una forma de dominación que no necesita imponerse por la fuerza porque opera en el lenguaje mismo con el que se nombran las cosas. Cuando todo se llama emprendimiento, la desigualdad pierde su nombre.
Bajo las luces de la feria todo parece una fiesta. Tal vez lo sea. Pero no de la creatividad, como se dice, sino de otra cosa: de una sociedad que ha logrado transformar el problema del trabajo en una tarea privada.
La feria de emprendedores puede leerse como una escena de subjetivación propia de nuestra época. Allí el sujeto aparece interpelado por un mandato que ya no prohíbe sino que exige: ser creativo, producir, venderse. Lo que Freud pensó como la presión del superyó adopta aquí una forma contemporánea: el imperativo de emprender. Así, lo que en realidad es una precariedad estructural del trabajo se vuelve vivencia íntima de insuficiencia personal. El sujeto intenta responder al deseo del Otro, el mercado, el público ofreciendo no sólo un producto sino su propia imagen. Pero siempre queda un resto que no se integra del todo al discurso del éxito: la gorra que circula recuerda que, detrás de la fiesta del emprendimiento, insiste la fragilidad del trabajo.