Ansiedad. Cuando algo insiste y no encuentra palabras

Autor del artículo: Natalia Valenti

Hay algo que irrumpe.
No siempre avisa, no siempre se entiende.
Aparece en el cuerpo: una presión, una inquietud, una sensación de desborde.
Aparece en los pensamientos: vueltas y más vueltas, anticipaciones, dificultad para frenar.
Y rápidamente intentamos nombrarlo: ansiedad.
Pero desde el psicoanálisis, la ansiedad no es simplemente un exceso de nervios ni algo a eliminar. Es, ante todo, una señal.
Una señal de que hay algo que insiste, algo que no encuentra lugar en lo que podemos decir, en lo que logramos ordenar con palabras.
Por eso muchas veces desconcierta.
Porque puede aparecer cuando “todo está bien”, cuando no hay una causa evidente. O irrumpir en momentos en los que, en apariencia, nada lo justifica.
Sin embargo, no es sin motivo.
La ansiedad, en este sentido, no engaña. Señala un punto de tensión, de conflicto, de algo que no termina de tramitarse. Algo del orden del deseo, de la historia, de los vínculos, que insiste más allá de la voluntad.
Intentar callarla rápidamente —con consejos, técnicas o explicaciones simplificadas— puede aliviar momentáneamente, pero no resuelve lo que está en juego.
Porque no se trata solo de calmar el síntoma, sino de poder escuchar qué dice.
En un espacio analítico, no se parte de respuestas prefabricadas ni de soluciones universales. Se trata de abrir un lugar para que cada uno pueda ir poniendo en palabras eso que aparece como angustia, como inquietud, como malestar.
No hace falta saber de antemano qué decir.
A veces, lo más importante es poder empezar a hablar.
Y en ese recorrido, algo se modifica.
No porque la ansiedad desaparezca por completo, sino porque deja de ser un enigma cerrado, algo que invade sin sentido. Empieza a adquirir un lugar, una lógica, una historia.
Y cuando eso ocurre, ya no se presenta del mismo modo.

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