Autor del artículo: Ps. Hernán Pannone
Messi o el peso imposible de representar a un pueblo.
Cada cierto tiempo emerge en el espacio público una polémica que, en apariencia, gira alrededor de Lionel Messi, pero que en realidad revela algo más profundo sobre nuestras sociedades. Una fotografía, un saludo protocolar, una coincidencia circunstancial con una figura política. El episodio circula por redes sociales, se amplifica en medios digitales y, en pocas horas, se transforma en juicio moral. La contigüidad visual se convierte en acusación. La imagen se vuelve evidencia. El deportista ocupa el lugar del acusado.
Pero el problema no es Messi. El problema es la estructura simbólica que necesita producir ese juicio. Las sociedades contemporáneas atraviesan una crisis persistente de representación. Las instituciones políticas han perdido gran parte de su capacidad para condensar sentido colectivo; los partidos se debilitan como espacios de identificación y las narrativas nacionales se fragmentan bajo la presión de la globalización económica y mediática. En ese vacío emergen otras figuras capaces de concentrar aquello que la política ya no logra articular: orgullo, pertenencia, reconocimiento.
En América Latina, y particularmente en Argentina, ese lugar lo ha ocupado el fútbol.
Para comprender este fenómeno conviene volver a una intuición central de Marx. En las sociedades capitalistas, las relaciones sociales tienden a desplazarse hacia objetos o figuras que funcionan como portadores simbólicos de valores colectivos. Marx describió este mecanismo en el famoso concepto de fetichismo de la mercancía: el producto aparece como portador de un valor propio, ocultando las relaciones sociales que lo produjeron.
Algo análogo ocurre con los ídolos deportivos. La sociedad deposita en ellos expectativas que en realidad pertenecen al campo de la historia y de la política. El jugador se convierte en una superficie donde se proyectan aspiraciones colectivas que ningún individuo podría realmente encarnar. Argentina ofrece un caso paradigmático de este mecanismo. Durante décadas, la figura de Diego Maradona condensó una narrativa épica donde el talento deportivo se fusionaba con una mitología política de rebeldía popular. Maradona no fue solamente un jugador extraordinario: fue también un personaje que eligió conscientemente ocupar el lugar del héroe plebeyo, el portavoz de los marginados, el adversario simbólico del poder global. Su figura permitió que millones de argentinos vieran reflejada en el campo de juego una forma de confrontación histórica con las jerarquías del mundo.
Pero ese modelo produjo también una expectativa cultural difícil de sostener: que todo gran futbolista argentino debe transformarse, de algún modo, en portavoz político de la nación. Lionel Messi pertenece a otro tiempo histórico. Su carrera se desarrolló dentro de la economía global del deporte, un sistema gigantesco donde el fútbol es simultáneamente espectáculo, industria cultural y mercado transnacional. El atleta contemporáneo ya no es únicamente un deportista; es también una figura mediática que circula dentro de redes comerciales y comunicacionales de escala planetaria.
En este contexto resulta útil recordar el diagnóstico de Guy Debord sobre la sociedad contemporánea. En su teoría de la sociedad del espectáculo, Debord sostuvo que el capitalismo avanzado organiza la vida social cada vez más a través de imágenes que sustituyen la experiencia directa. La realidad se vuelve representación y la representación se vuelve el terreno donde se disputan los significados. En ese mundo, la fotografía adquiere un poder particular. La imagen ya no es un simple registro documental; se convierte en una unidad narrativa capaz de circular independientemente de su contexto original. Puede ser recortada, reinterpretada, insertada en nuevas cadenas de significado. La imagen deja de describir un hecho para producir interpretaciones.
Así funciona la polémica recurrente que envuelve a Messi. Una fotografía protocolar —como tantas que acompañan ceremonias deportivas o institucionales— se desprende de su contexto y comienza a circular como signo político. La lógica del espectáculo exige simplificación. El evento concreto desaparece y queda solamente la imagen, disponible para ser moralizada. Este proceso no ocurre en el vacío. Está atravesado por la estructura del poder mediático global. Los grandes conglomerados de comunicación organizan la circulación de imágenes y controversias dentro de un campo simbólico donde los conflictos estructurales del capitalismo mundial se transforman con frecuencia en dramas morales individuales.
En lugar de discutir desigualdades globales, concentración de riqueza o arquitectura del poder internacional, el debate se desplaza hacia gestos personales, fotografías o declaraciones aisladas de figuras visibles. La indignación moral se convierte así en una forma de entretenimiento político. El resultado es un desplazamiento constante: las contradicciones estructurales desaparecen detrás del juicio sobre individuos.
Desde una perspectiva psicoanalítica, este mecanismo cumple una función precisa. Las sociedades necesitan figuras visibles donde proyectar sus tensiones internas. En la teoría de Lacan, ciertos personajes públicos se convierten en significantes privilegiados: superficies simbólicas donde se inscriben deseos, frustraciones e identificaciones colectivas. Messi funciona exactamente de esa manera. Su estilo público —discreto, reservado, casi silencioso— lo vuelve particularmente apto para la proyección. Habla poco, interviene raramente en debates políticos y define su identidad casi exclusivamente a través de su práctica deportiva.
Esa economía de palabras lo convierte en un significante abierto.
Para algunos representa la ética del esfuerzo individual.
Para otros, la gloria nacional.
Para otros, una forma de genialidad casi inexplicable. Pero esa multiplicidad de significados no proviene de Messi. Proviene de la necesidad social de producir símbolos capaces de condensar aspiraciones dispersas.
En América Latina este fenómeno adquiere una intensidad particular. Las sociedades del continente han atravesado décadas de dependencia económica, crisis políticas recurrentes y fragilidad institucional. En ese contexto, el éxito deportivo aparece muchas veces como uno de los pocos escenarios donde la nación puede experimentar reconocimiento internacional.
El fútbol se convierte así en un espacio de existencia simbólica. Esta dinámica puede pensarse también a partir de las ideas de Laclau. Las comunidades, señala Laclau, tienden a organizar sus demandas alrededor de significantes capaces de condensar aspiraciones heterogéneas. Un nombre, un símbolo o una figura puede transformarse en punto de convergencia de expectativas colectivas.
El héroe deportivo cumple a menudo esa función.
Pero cuando esa condensación simbólica se vuelve demasiado intensa aparece la frustración. Ningún individuo puede sostener indefinidamente el peso imaginario que una comunidad proyecta sobre él. Aquí se vuelve visible la paradoja de Messi. A diferencia de Maradona, nunca aceptó plenamente el papel de portavoz político del pueblo. No construyó su figura a partir de la confrontación ideológica ni se presentó como líder simbólico de una causa histórica. Su identidad pública se articuló alrededor de otra ética: trabajo silencioso, disciplina, perfección técnica.
Para algunos, esa actitud ha sido interpretada como distancia o falta de compromiso. Pero quizá sea, en realidad, una forma de lucidez histórica. Como ha señalado en distintos momentos Zizek, los sistemas ideológicos contemporáneos tienden a asignar roles simbólicos a los individuos para que actúen dentro de escenas que el propio sistema necesita reproducir. La presión por convertir a Messi en portavoz moral del pueblo puede leerse también como una forma de esa asignación.
Messi, en gran medida, ha resistido ese papel.
Y esa resistencia explica parte de las críticas que recibe. Cuando una sociedad necesita un héroe que hable en su nombre, el silencio del ídolo se vuelve incómodo.
Pero el verdadero problema no es ese silencio. El problema es la expectativa. Ningún jugador puede cargar sobre sus hombros el peso simbólico de la historia de un país. Cuando se intenta hacerlo, lo que aparece es una forma de desplazamiento colectivo: la sociedad proyecta sobre el héroe deportivo responsabilidades que pertenecen, en realidad, a su propia vida política.
Messi no es un líder ideológico ni un redentor nacional. Es un trabajador extraordinario de un arte específico. Su grandeza consiste en haber llevado ese arte a un nivel de excelencia que millones de personas reconocen más allá de cualquier frontera política.
Quizá su singularidad resida precisamente en haber resistido la tentación de convertirse en algo distinto. En una época donde toda figura visible es empujada a pronunciarse sobre todo, donde cada personaje mediático es convocado a ocupar posiciones ideológicas permanentes, Messi ha mantenido una forma de reserva que resulta casi anacrónica.
Mientras el mundo exige declaraciones, él juega.
Mientras las redes demandan posicionamientos, él entrena.
Mientras la sociedad del espectáculo produce polémicas instantáneas, él permanece en el territorio donde su talento tiene sentido. En esa persistencia silenciosa hay algo que explica su lugar en el imaginario contemporáneo. Messi no representa la política argentina ni las disputas ideológicas del mundo. Representa algo más elemental: la posibilidad de que el talento humano, cuando encuentra disciplina y trabajo, produzca momentos de belleza compartida.
Y quizá por eso tantos intentan apropiarse simbólicamente de su figura.
Porque cuando una sociedad no logra construir colectivamente su propia grandeza, siempre aparece la tentación de pedirle a un héroe que la represente.
Pero la dignidad de un pueblo no se delega en un ídolo.