Nada es lo que parece. En los relatos de violencia doméstica o maltrato infantil, es común señalar a un único “villano” —el agresor— mientras los demás observan con indignación. Sin embargo, ¿es posible que tales actos se perpetúen por años sin la complicidad, consciente o inconsciente, de otras personas? En el caso de los niños maltratados, las terapias revelan rápidamente esta dinámica.
Cuando una víctima describe episodios continuos de abuso por parte de un progenitor, la pregunta inevitable es: ¿dónde estaba el otro? Las respuestas suelen reflejar ausencia de apoyo o incluso complicidad pasiva: ignorar las señales, encubrir los abusos o minimizar el daño. A menudo, el cómplice adopta un rol ambiguo, usándolos como desahogo emocional frente al agresor, lo que confunde aún más al niño, quien interpreta esta actitud como una forma de afecto.
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Pedí tu recomendación gratis →En familias funcionales, cualquier padre/madre emocionalmente sano haría lo imposible por proteger a su hijo, denunciando o huyendo del agresor. Pero en familias disfuncionales, la dinámica es distinta: ambos progenitores están atrapados en una relación codependiente, con patrones sadomasoquistas que perpetúan el maltrato. Los niños se convierten en un «daño colateral» de esta patología.
La complicidad se evidencia cuando, en el proceso terapéutico, la víctima confronta al progenitor “inocente”. Las respuestas suelen ser defensivas, negando el abuso, justificando al agresor o minimizando lo sucedido. Es en este punto que las víctimas comienzan a vislumbrar la magnitud de su soledad y el abandono que vivieron.
En resumen, en cualquier forma de abuso infantil existe una doble responsabilidad: la del agresor y la del cómplice que lo permite. Es imposible que en la cercanía de la vida familiar este sufrimiento pase desapercibido para alguien que verdaderamente ama a su hijo, y más aún, que no actúe para detenerlo.
Familia funcional vs. familia disfuncional frente al maltrato
| Aspecto | Familia funcional | Familia disfuncional |
|---|---|---|
| Reacción del progenitor no agresor | Protege, denuncia o se aleja del agresor | Ignora, minimiza o encubre el maltrato |
| Rol de los hijos | Cuidados y resguardados del conflicto adulto | Se convierten en «daño colateral» de la dinámica de pareja |
| Vínculo entre los padres | Sin patrones de sometimiento mutuo | Relación codependiente con rasgos sadomasoquistas |
| Respuesta ante la confrontación de la víctima | Reconocimiento y validación de lo vivido | Negación, justificación del agresor o minimización |
Preguntas frecuentes
¿Por qué se dice que el progenitor que no abusa también es cómplice?
Porque muchas veces conoce las señales del maltrato y no actúa: las ignora, las minimiza o encubre al agresor, dejando al niño sin protección real.
¿Cómo reacciona ese progenitor cuando la víctima lo confronta en terapia?
Suele responder con negación, justificando al agresor o minimizando lo sucedido, lo que confirma para la víctima el abandono que sintió durante años.
¿Por qué el niño puede confundir la actitud del cómplice con cariño?
Porque ese progenitor a veces lo usa como desahogo emocional frente al agresor, y esa cercanía se interpreta erróneamente como una muestra de afecto genuino.
¿Qué diferencia una familia funcional de una disfuncional ante el maltrato?
En la funcional, un adulto sano protegería al niño denunciando o alejándose del agresor; en la disfuncional, ambos padres quedan atrapados en una relación codependiente.
¿Qué rol juega la dinámica de pareja en la perpetuación del abuso?
El artículo señala patrones sadomasoquistas entre los progenitores que sostienen el maltrato en el tiempo, convirtiendo a los hijos en un daño colateral de esa dinámica.
Conclusión
El artículo invita a correr la mirada del único “villano” y observar el entramado familiar completo. Reconocer la complicidad, consciente o inconsciente, de quien no interviene ayuda a entender por qué el maltrato puede sostenerse durante años sin ser detenido. Ese reconocimiento no busca repartir culpas de manera simplista, sino nombrar una responsabilidad que suele quedar oculta detrás del silencio. Para quien atravesó esa historia, poder ponerle palabras a esa soledad es un paso central en el proceso terapéutico.
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