Autor del artículo: Ps. Hernán Pannone
No sirve para nada… si por “servir” entendemos producir conductas ajustadas, respuestas rápidas, alivios mensurables y curvas de progreso evaluables. Bajo ese criterio —dominante en la época— la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) es, sin duda, lo mejor: clara, estructurada, protocolizada, eficiente, compatible con los tiempos acelerados y con la demanda social de soluciones inmediatas. La TCC sabe qué hacer con el síntoma: identificarlo, delimitarlo, formular hipótesis de mantenimiento, intervenir sobre él y, si el tratamiento funciona, reducirlo. Funciona. Y precisamente por eso conviene mirarla desde adentro, aceptando seriamente su lógica.
Vista desde dentro, la TCC parte de un supuesto fuerte: que el sufrimiento psíquico puede comprenderse y abordarse como un problema de funcionamiento, donde cogniciones, conductas, emociones y contexto interactúan de manera identificable y modificable. El foco clínico no está puesto en el enigma del decir, sino en los procesos que mantienen el malestar. El sujeto aparece así como una unidad funcional, susceptible de ser reentrenada mediante intervenciones dirigidas: reestructuración cognitiva, exposición, activación conductual, entrenamiento en habilidades.
En este marco, la escucha clínica no está ausente, pero tampoco es neutral ni abierta al sentido en sí mismo. En la TCC se escucha para algo: para identificar pensamientos automáticos y creencias disfuncionales, para formular hipótesis de mantenimiento, para operacionalizar variables que puedan ser intervenidas. No se trata de perderse en el decir, sino de hacerlo trabajar. La pregunta no es “¿qué le pasa?”, sino “¿qué pensamiento, conducta o patrón emocional está sosteniendo este problema?”. La intervención no apunta a la verdad del sujeto, sino a la eficacia del cambio.
Y aquí aparece un límite que solo se vuelve visible cuando se toma en serio esta lógica, no cuando se la caricaturiza. Al funcionar tan bien —al producir alivio, reducción del malestar y mejora en el desempeño— la TCC corre el riesgo estructural de confundir resolución del problema con resolución del conflicto. El síntoma puede disminuir, incluso desaparecer, sin que la pregunta por el lugar subjetivo de ese síntoma haya sido abordada. El sujeto aprende a manejar lo que le pasa, a regularlo, a neutralizarlo, pero no necesariamente a saber por qué le pasa ni qué lugar ocupa en eso que le pasa. Esto no es una falla ni una promesa incumplida de la TCC. La TCC no engaña: nunca se propuso otra cosa. Es una tecnología del sufrimiento, no una ética del deseo. Su valor está en la intervención eficaz; su límite, en aquello que deja fuera por principio: la dimensión de la implicación subjetiva que no se deja reducir a variables funcionales.
Es precisamente en este punto donde el psicoanálisis —eso que “no sirve para nada”— aparece como un escándalo. No sirve para normalizar, no sirve para optimizar, no sirve para adaptarse mejor. No responde a la demanda de eficacia ni a la lógica de la evaluación permanente. Sirve, en todo caso, para otra cosa: para introducir una falla en el discurso de la eficacia. Allí donde la TCC responde, el psicoanálisis pregunta. Allí donde la TCC interviene para que algo deje de pasar, el psicoanálisis se detiene en qué insiste en pasar. Allí donde la TCC busca que el sujeto funcione mejor, el psicoanálisis interroga a qué costo se funciona.
Decir que el psicoanálisis no sirve para nada es, entonces, casi una verdad. No sirve al mercado terapéutico, no sirve a la lógica contemporánea del rendimiento subjetivo, no sirve al ideal de bienestar rápido y gestionable. Pero justamente por eso conserva un valor irreductible: no trata al sujeto como un problema a corregir, sino como una pregunta que no se deja cerrar. Y eso, en una época obsesionada con soluciones, sigue siendo profundamente incómodo… y necesario.
Conviene, no obstante, precisar para evitar malentendidos habituales. La TCC contemporánea —incluidas sus formulaciones más recientes centradas en procesos— no desconoce la subjetividad ni la experiencia singular, sino que las reformula en un lenguaje funcional: no como sujeto dividido por el decir, sino como conjunto de repertorios, procesos y patrones de regulación susceptibles de ser modificados en función de objetivos clínicos definidos. En ese sentido, la diferencia con el psicoanálisis no es de profundidad ni de sensibilidad clínica, ni mucho menos de valor moral, sino de estatuto teórico y de régimen de verdad. La TCC opera legítimamente como una tecnología orientada a producir cambios eficaces en el sufrimiento, mientras que el psicoanálisis se sitúa en otro registro, donde el síntoma no es solo algo a reducir, sino algo a interrogar en su valor para el sujeto. No se trata, entonces, de oponer técnica y ética como si una fuera superior a la otra, sino de reconocer límites estructurales: aquello que cada práctica puede abordar con precisión es, al mismo tiempo, aquello que necesariamente deja fuera por principio.