Autor del artículo: Lic_Julieta_irazuzta
“Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma.”
Esta frase, muy difundida dentro del enfoque gestáltico (desarrollada por Arnold Beisser), condensa una idea que suele resultar contraintuitiva: el cambio no ocurre cuando nos forzamos a ser diferentes, sino cuando logramos aceptar lo que somos en el presente.
Pero aceptar no es algo inmediato, ni sencillo. Requiere tiempo. Y también requiere diálogo interno.
Aceptar implica poder detenerse a mirar(se), registrar qué siento, qué necesito, qué me pasa. Supone habilitar una conversación con uno mismo que no esté guiada por la exigencia o el juicio constante, sino por cierta curiosidad y disponibilidad.
Sin embargo, muchas veces intentamos ir directo al cambio. Queremos dejar de sentir lo que sentimos, modificar actitudes, “mejorar” aspectos propios, casi como si fueran errores a corregir. En ese intento, lo que suele aparecer es la exigencia, una especie de “dictadura del ser” que nos empuja a ser de determinada manera y nos aleja de nuestra experiencia real.
Desde la Gestalt, esta es la paradoja: cuanto más intento cambiar lo que soy sin antes aceptarlo, más me rigidizo. Y, al mismo tiempo, cuando logro aceptar(me), algo empieza a moverse.
No porque haya una técnica específica o una fórmula mágica, sino porque la aceptación habilita el contacto. Y en ese contacto —con lo que soy, con lo que siento, con mi historia y mi manera de estar en el mundo— aparece la posibilidad de transformación.
Quizá esta paradoja sea lo más parecido a una “receta” que puede ofrecer la Gestalt:
Paso 1: aceptarse.
Paso 2: el cambio se dará naturalmente.
Como cuando dejamos leudar la masa: hay procesos que no pueden forzarse, que necesitan tiempo, condiciones y cierta paciencia.
Sin que esa sea una consigna rígida, aceptar suele acercarnos a nosotros mismos. Nos permite, al menos, conocernos un poco más. Y en ese conocernos, también aparece la posibilidad de un vínculo distinto con lo propio.
Porque, en definitiva, nadie puede querer lo que no conoce.
Entonces, la pregunta queda abierta:
¿Qué parte tuya está esperando que la veas?