Autor del artículo: María Belén Sotnik
El amor, la soledad y nuestras formas de vincularnos
Desde niños nos alimentamos de ideas y conceptos sobre el amor. Muchos de ellos cambian a lo largo de la vida, aunque algunos permanecen como creencias profundas. Con el tiempo, incluso podemos llegar a sentirnos ingenuos por haber creído en ciertas cosas.
Pero quizás no deberíamos ser tan duros con nosotros mismos. El ser humano es la única especie consciente de su propia finitud: sabemos que no somos eternos, que algún día moriremos. Enfrentar esa verdad no es sencillo. Tal vez por eso necesitamos, en cierta medida, sostener algunas ilusiones y ubicar al amor en un lugar tan poderoso dentro de nuestras vidas.
En el día a día intentamos distraernos de esa certeza. Estudiamos, trabajamos, practicamos deportes, organizamos reuniones, formamos una familia, buscamos una pareja. Intentamos llenar, de distintas maneras, el vacío que puede producir la soledad.
Porque la idea de la muerte suele traer aparejada otra: que, en última instancia, cada uno de nosotros está solo frente a ella.
La necesidad de superar la soledad
En su libro El arte de amar, el psicoanalista y filósofo Erich Fromm plantea que la necesidad más profunda del ser humano es superar su sensación de separatividad, es decir, abandonar la prisión de su soledad.
Cada persona intenta resolver esa necesidad de distintas maneras. Algunas resultan más saludables que otras.
Podemos pensar en recursos como el trabajo, el deporte, la religión o diferentes actividades que nos conectan con otros. Pero también existen formas menos constructivas de lidiar con ese vacío.
En la actualidad, además, se suman fenómenos relativamente nuevos. Cuando Fromm escribió su obra, las redes sociales no existían. Hoy, muchas personas encuentran allí un espacio donde compartir logros, frustraciones o angustias.
Si no hay alguien cercano con quien hablar, siempre es posible publicarlo en una red social. Y aunque quien responda quizás no conozca realmente nuestra historia, el simple hecho de que haya alguien del otro lado produce una sensación momentánea de compañía.
⸻
Cuando la unión es solo momentánea
Algo similar ocurre con ciertos comportamientos que generan una sensación pasajera de unión con el otro o con el mundo.
Por ejemplo, el consumo de sustancias puede producir la ilusión de fusión con lo que nos rodea. Durante ese momento el malestar parece desaparecer. Sin embargo, cuando el efecto termina, la persona vuelve a encontrarse consigo misma y con aquello que intentaba evitar.
En algunos vínculos sucede algo parecido. Dos personas se conocen, se atraen y experimentan una sensación intensa de unidad. Para quienes han vivido en soledad o con carencias afectivas, esta experiencia puede resultar especialmente estimulante.
Sin embargo, cuando la relación avanza y el conocimiento mutuo se profundiza, aquella magia inicial muchas veces se diluye. Y entonces aparecen diferentes excusas para sostener el vínculo:
“Es la madre de mis hijos”,
“Estamos juntos hace veinte años”,
“Compramos muchas cosas en común”.
A esto suele sumarse otra creencia muy extendida: la idea del amor todopoderoso.
⸻
El mito del amor que todo lo puede
Existe una fantasía muy presente en nuestra cultura: creer que el amor puede sostener cualquier cosa. Bajo esta lógica, no importa el maltrato, el engaño o el sufrimiento; el amor debería ser suficiente para mantener la relación.
Pero el amor sano no funciona de esa manera.
El llamado “amor incondicional”, cuando implica tolerar cualquier tipo de daño, puede convertirse en una forma de vínculo enfermizo.
En el otro extremo encontramos parejas que logran separarse, pero continúan unidas a través del conflicto: se insultan, se reclaman, siguen en contacto constante. En realidad, la separación nunca termina de producirse. El vínculo continúa, solo que ya no a través del amor, sino del resentimiento o del odio.
⸻
¿Por qué nos quedamos en relaciones que nos lastiman?
Todo esto nos lleva a una pregunta importante:
¿Buscamos una pareja para resolver nuestra soledad?
¿Colocamos al otro en el lugar de algo de lo que no podemos desprendernos?
Quizás muchas de las excusas que utilizamos para sostener ciertos vínculos funcionan como una forma de evitar preguntas más profundas.
Por ejemplo:
¿Por qué permanecemos en lugares que nos hacen sufrir?
Aquí aparece otra reflexión de Fromm. Con frecuencia estamos muy preocupados por ser amados, pero rara vez nos preguntamos cómo amamos nosotros.
Las redes sociales, en cierto modo, refuerzan esta lógica. Muchas veces intentamos mostrarnos como creemos que el otro quiere vernos. Nos preguntamos:
“¿Cómo debería ser para que me amen?”
Pero olvidamos preguntarnos algo fundamental:
“¿Qué elijo yo cuando amo?”
⸻
La implicancia subjetiva
Cuando no cuestionamos nuestras elecciones afectivas, también evitamos reconocer nuestra propia participación en lo que nos ocurre.
Es frecuente escuchar frases como:
“A mí todas mis parejas me engañan”
“A mí siempre me lastiman”.
Sin embargo, rara vez se analiza qué lugar ocupa la propia elección en esas repeticiones.
Esto no significa culpabilizar a quien sufre, sino asumir que nuestras elecciones también forman parte de la historia que vivimos.
En psicología a esto se lo denomina implicancia subjetiva. Reconocerla suele ser un paso fundamental para comenzar a modificar aquello que nos hace daño. Muchas veces, junto con la angustia, este reconocimiento se convierte en el motor de un proceso terapéutico.
⸻
El amor propio como punto de partida
En esta dificultad para interrogarnos sobre cómo amamos, a quién amamos o qué buscamos en el otro, a menudo olvidamos algo esencial: el amor propio.
Sin una base de valoración personal resulta muy difícil construir vínculos saludables.
Un ejemplo frecuente es el de las personas celosas. En su historia siempre parece haber tres figuras: la propia persona, su pareja y un tercero imaginado como rival. Vive pendiente del momento en que será reemplazada, convencida de que el otro es superior en todo.
En estos casos suele haber un fuerte componente de inseguridad y baja autoestima que requiere ser trabajado.
⸻
El miedo a la soledad
También ocurre que el “tercero” deja de ser una persona concreta y pasa a ser cualquier otra cosa: el trabajo, los amigos, un hobby.
Entonces aparecen preguntas cargadas de angustia:
“¿Te importa más tu trabajo que yo?”
“¿Te importan más tus amigos que yo?”
Detrás de estas preguntas suele esconderse un temor profundo: el miedo a quedar solos.
Y en cierto sentido no es extraño. Nuestra cultura está pensada, en gran medida, para la vida en compañía. No siempre estamos preparados para enfrentarnos a la experiencia de la soledad.
⸻
El malestar y la búsqueda de soluciones rápidas
Hoy es común escuchar expresiones como “tengo ataques de pánico”. El malestar psíquico adopta diferentes nombres según la época, pero la experiencia de angustia ha acompañado al ser humano a lo largo de la historia.
El filósofo Epicteto afirmaba que no son las cosas que nos suceden las que nos hacen sufrir, sino lo que pensamos acerca de ellas.
En un mundo cada vez más acelerado, solemos buscar soluciones inmediatas. Muchas veces recurrimos rápidamente a medicación para aliviar el malestar, lo cual puede ser de gran ayuda en determinados momentos.
Sin embargo, comprender lo que nos ocurre es un proceso que requiere tiempo.
El valor de preguntarse
Una pastilla puede ayudarnos a dormir, pero si el sueño no aparece de manera natural tal vez sea importante preguntarse por qué.
No existen soluciones mágicas. Lo importante no es encontrar respuestas inmediatas, sino comenzar a moverse del lugar en el que uno siente que algo no está bien.
El psicoanalista Sigmund Freud lo expresó de forma muy clara:
cuando el caminante canta en la oscuridad, puede aliviar momentáneamente su angustia, pero eso no significa que vea el camino con mayor claridad.
Comprender lo que nos sucede, revisar nuestras elecciones y animarnos a preguntarnos por nuestra forma de amar puede ser un paso fundamental para construir vínculos más saludables y una vida emocional más consciente.